Permitidme que empiece con estas palabras de la Virgen en este día tan significativo, tan señalado en mi vida y para esta comunidad parroquial, cuando tiene lugar la llegada de su nuevo Párroco. Sí, proclama mi alma la grandeza del Señor. No puedo sino agradecer a Dios todo el bien que me hace, no puedo sino deciros que el Señor ha sido grande conmigo, que me llamó a su servicio y hoy me envía a vosotros, por medio de la Iglesia, a través de nuestro Obispo.
Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador. Tengo que confesaros, y permitidme que hable hoy con esta confidencialidad, que siento un gran gozo. Desde el momento en que el Obispo me anunció que venía a vosotros, mi corazón ha estado lleno. No he hecho sino pensar en vosotros, rezar por vosotros. Estoy enormemente feliz.
Quiero agradecer por tanto a Dios el que en su designio sobre mi vida estaba el que viniera a vosotros a serviros como sacerdote de Jesucristo. Agradezco a mis hermanos sacerdotes que hayan querido acompañarme en esta celebración. A D. Florentino, que además de Vicario General es amigo mío y que durante veinte años llevamos compartiendo el trabajo en el Obispado. A D. Antimo y al P. Ignacio con los que trabajaré fraternalmente. Un recuerdo afectuoso a vuestro anterior Párroco, D. Jesús, a él el agradecimiento de esta comunidad por el servicio que os ha prestado en estos seis últimos años. A los seminaristas, a mi familia, parte de ella aquí presente, a los que habéis venido de la Parroquia de Santo Domingo mi antigua Parroquia donde estuve durante once años y donde he residido después otros siete años. A los PP. Jesuitas, que en la persona de su Superior se han querido hacer hecho presentes, a las Hijas de la Caridad Y a todos vosotros queridos fieles de esta Parroquia de S. Juan de Ávila. Me habéis acogido en estos días previos con mucho afecto. Gracias por vuestra presencia.
Al entrar en el Templo le he dicho al Señor: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Sé que es lo que el Señor me pide. El Señor me eligió, -voy a hablar en plural-, el Señor nos ha escogido, nos ha llamado a participar de su sacerdocio. A configurar nuestra vida con Cristo Sacerdote. Como Él, dando la vida por vosotros y por vuestra salvación. Estremecedoras palabras que se actualizan cada vez que celebramos la Eucaristía: “Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros; esta es mi sangre derramada por vosotros”. Que asombroso misterio de amor.
Así lo dejó claro, la víspera de su pasión, cuando arrodillado ante sus Apóstoles, se puso a lavarles los pies. Era Dios arrodillado ante el hombre. Para adelantarles significativamente lo que iba a acontecer en el Calvario: el abajamiento de Dios hasta el extremo, en el servicio al hombre porque le amaba para que este recuperara la dignidad perdida. Para que este fuera rescatado. Para que fuera redimido.
Ahí está contenida toda la misteriosa grandeza de la vida sacerdotal: una especial consagración que asume al hombre de los demás hombres y una misión que destina a ese mismo hombre al servicio pastoral de sus hermanos. Dos dimensiones de una misma vida, a la vez consagrada y enviada, una vida “dialogada” al mismo tiempo con Dios y los hombres.
Así nosotros sacerdotes no podemos concebir de otra manera nuestro ministerio. Por vosotros y por vuestra salvación, puedo decirlo con toda humildad, soy sacerdote de Jesucristo. Por vosotros.
Y no puedo concebir el ministerio sino en la entrega en la donación total de mi vida a vosotros. De tal manera que desde el momento de la consagración ya no me pertenezco a sí mismo. Hay una expropiación de mi persona al Señor, a la Iglesia, a vosotros. Y uno tiene conciencia de que es para los demás, para servir a los demás. Porque amar es servir. Pido al Señor ser para vosotros, y ejercer mi ministerio así. No puede ser de otra forma.
Por tanto, es necesario que los fieles entendáis así el sacerdocio. Somos presencia de Cristo en el mundo. Y cuando presidimos la comunidad cristiana y la asamblea litúrgica; cuando consagramos el pan eucarístico; cuando perdonamos los pecados; cuando predicamos la Palabra, actuamos en la persona de Cristo. El sacerdote es representación sacramental de Jesucristo. Ha de ser otro Cristo para los demás.
Nosotros no somos profesionales de lo sagrado, no debemos serlo al menos. Nosotros no debemos tener aspiraciones, como si fuera una carrera en la que hubiera un escalafón.
Yo le pido a Dios me conceda la gracia de tener siempre claro que estoy entre vosotros como el que sirve, porque represento a Aquel que se arrodilló y lavó los pies de los apóstoles y que subió al árbol de la cruz; porque nadie tiene amor mas grande que este de dar la vida por los demás.
Pero “llevamos este tesoro en vasijas de barro para que aparezca que la extraordinaria grandeza del poder es de Dios y que no viene de nosotros”. Evidentemente ello no debe hacernos olvidar la necesidad de crecer en la santidad y que los demás vean en nosotros ministros de Cristo. Pero también se exige por parte de los fieles que sean comprensivos y pacientes con sus pastores; que sean para ellos estímulo y ayuda y nunca piedra de tropiezo.
Pido a Dios la gracia de ejercer el ministerio como Jesús, el Buen Pastor. El es el único Pastor, sólo a Él es a quien hay que seguir. Su voz es la que hay que escuchar.
Y ¿cómo es el corazón del Buen Pastor? ¿Cómo actúa? Quiere a sus ovejas, cuida de ellas, las conduce a buenos pastos, les da la comida a su tiempo, sana las heridas, va tras la oveja perdida, las conduce al redil y evita que nadie haga estragos en su rebaño. Así el sacerdote. Viviendo la inquietud de que hay muchas ovejas fuera del redil. Sentir la urgencia de salir al encuentro de todo hombre para que encuentre a Jesucristo vivo y presente en la Iglesia y, encontrándole, tenga vida y vida en abundancia.
Y a esta solicitud pastoral todos vosotros estáis, también, llamados. Porque es una tarea que incumbe a todo bautizado. Somos, -presbíteros y fieles laicos-, un Pueblo Sacerdotal.
¿Qué es esta Parroquia? ¿Sino Cristo en medio de su Pueblo? ¿Como han de ser nuestras relaciones? ¿Cuáles han de ser nuestras acciones? ¿Qué ha de movernos? ¿Cual ha de ser nuestra señal de identidad?
Qué fácil es: Simplemente hay que mirar la Iglesia Apostólica para descubrir cómo hemos de ser reflejo de lo que ella era. A la escucha de la enseñanza de los Apóstoles, en comunión con el sucesor de Pedro y el Obispo diocesano, viviendo la fraternidad. Una Iglesia viva que ora, escucha la Palabra, celebra los sacramentos, cuya seña de identidad es la caridad.
Una Parroquia o es familia o no es nada. Abierta a todos: a los de primera hora y a los que se añaden más tarde; una iglesia acogedora, amable que deja traslucir la belleza del rostro de Cristo.
Esta comunidad de S. Juan de Ávila ha de ser el hogar de la misericordia, el hogar del amor de Dios. Que vive la inquietud por tantos y tantos que se han olvidado de Dios o que viven como si Dios no existiera. La Parroquia ha de ser como “la fuente de la plaza del pueblo donde todo aquel que tenga sed venga y beba”, porque solo Jesucristo puede saciar su sed. Solo Jesucristo puede colmar los anhelos de plenitud que anidan en el corazón humano. Solo El.
La Iglesia tiene que mostrar el rostro amoroso de Dios al hombre y, éste, atraído por ese amor que llena la vida, exprese el deseo de volver a casa mediante la conversión. La Iglesia no puede sino irradiar misericordia a tanto y tanto corazón desgarrado y herido entorno nuestro. Pendiente de los que más sufren. Los que sufren por problemas matrimoniales y familiares. Los que sufren por la enfermedad y el dolor. Los que viven en soledad. Los que no encuentran sentido a sus vidas. Preocupada por los mas pequeños y los mas débiles. Preocupada por los inmigrantes que pasan dificultades; por todos aquellos que sufren la crisis económica. Por aquellos que viven angustiados oprimidos. Por aquellos que se han dejado seducir por el materialismo, por el hedonismo, por el relativismo.
El Señor nos llama a todos a seguirle con gozo. Formando un solo Cuerpo, teniendo todos un solo sentir una sola alma, donde no haya fisura alguna; Y salir para decirles una palabra de aliento, para decirles que Dios sale a su encuentro a través de la Iglesia, que es Cristo, porque les ama para que tengan vida y vida en abundancia.
Tenemos un buen intercesor, S. Juan de Ávila, próximo Doctor de la Iglesia. Bajo su patrocinio pongo mi ministerio pastoral entre vosotros. En los brazos maternales de Maria os coloco a vosotros, para que ella nos guarde a todos en su amor de Madre. Como ella podemos hoy decir todos: “Proclama mi alma la grandeza del Señor se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador”.
Pedro Luis Mielgo